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Hambre real o hambre emocional

Pocas son las personas capaces de reconocerla y tomar consciencia de ello. Algunos de los factores que pueden condicionar el vínculo entre nuestras emociones y nuestro comportamiento alimentario son: el grado de sobrepeso, la condición física, los intentos por cambiar nuestra dieta habitual, la existencia de restricción en la dieta, nuestras elecciones o preferencias y nuestras aversiones.

     ¿Qué es el hambre real o fisiológica?

Para tratar de aportar más luz al asunto, conviene definir primeramente dos conceptos que aunque se utilicen en ocasiones de forma indistinta, existen diferencias.

La sensación de hambre real, regulada por diversos factores, existe con el fin de alertarnos de la necesidad básica y biológica de que sin alimento nuestra supervivencia peligra. El hambre real aparece poco a poco como alerta de que nuestro organismo necesita alimento para funcionar correctamente como un coche necesita combustible para rodar adecuadamente.

     ¿Qué es el hambre emocional o psicológica?

En cambio, el hambre psicológica o emocional suele aparecer de forma repentina y acontece como respuesta o aviso de que algo falla en nuestro interior, en nuestro mundo emocional. Podríamos definirlo como un signo que pone de manifiesto que existen dificultades con la expresión y gestión de lo que sentimos y se utiliza la comida como método tranquilizante para calmar tristeza, ira, dolor… El hecho de alimentarnos bajo la carga emocional vendría a ser como una manera de acallar algo que no nos gusta o nos hace sentir infelices a base de exceso de comida. Esta respuesta errónea a los conflictos emocionales a través de la comida responde a un proceso de alimentación emocional o de hambre psicológica. A diferencia del hambre real, los procesos de alimentarse de manera emocional son adquiridos desde nuestra infancia mediante el vínculo que construimos entre las emociones y nuestra conducta alimentaria.

El problema viene cuando el hambre emocional se convierte en una estrategia de afrontamiento habitual a las dificultades del día a día y la comida pasa a ser nuestro gestor emocional principal y la solución fácil a los problemas cotidianos. Es en este momento donde el hambre emocional acaba estando tan presente que da lugar a consecuencias tanto físicas como psicológicas, perjudicando nuestro estado de salud.

¿Cómo podemos controlae el hambre emocional?

Como consejos dietéticos, es fundamental llevar a cabo una alimentación suficiente y fraccionada en mínimo 5 tomas a lo largo del día, la cual no debe de ser altamente restrictiva ni prohibir de forma absoluta ningún alimento, incluso aquellos que forman parte de un aconsejado consumo esporádico (chocolates, dulces, bollerías, pasteles, snacks) deben ser considerados como tal, es decir, deben ser incluidos puntualmente pero sin ser eliminados en su totalidad.

De igual modo, tampoco sería aconsejable iniciar una dieta que implica una cierta restricción cuando la persona se encuentra en un estado emocional negativo de forma permanente (p.e. alto grado de estrés o rasgos de depresión) ya que puede agravar la relación poco saludable que tiene con la comida.

     Recomendaciones prácticas

Conviene que como seres humanos, dispongamos de un espacio que nos permita tomar consciencia de lo qué sentimos en cada momento y expresarlo libremente, además de disponer de herramientas de gestión emocional que nos ayuden a solucionar las adversidades desde una opción verdadera y desde el origen, sin recurrir a falsas esperanzas como el comer emocional. En este sentido, llevar a cabo procesos de meditación y contacto con nuestro mundo interior puede facilitarnos un mayor contacto con nuestras emociones más internas.

Otras recomendaciones conductuales sencillas consisten en eliminar el estímulo visual de nuestro alcance evitando disponer de comida llamativa con facilidad. Esta técnica, a su vez, nos puede facilitar el hecho de que cuando sintamos este estado ansioso podamos realizar otras acciones alternativas que nos distraigan y ayuden a calmarlo, como por ejemplo, realizar actividad física y, si es al aire libre, mejor aún. O bien aplicar técnicas sencillas de relajación como ejercicios de respiración profunda.

En casos donde el hambre emocional se convierte en una manera de funcionar, conviene reflexionar sobre la necesidad de acudir a un especialista en psicología, experto en el ámbito, que pueda aportar su experiencia y ofrecer un soporte adecuado.

Fuente: Andrea Arroyo – Especialista en psicología de la salud y la nutrición

Prevenir los calambres con algunos alimentos

Los calambres son una contractura involuntaria y persistente del músculo que indican que algo no va bien y que paremos de hacer actividad o vendrá la lesión. Normalmente los calambres son provocados por una descompensación del equilibrio hidroelectrolítico, es decir, que nos falta agua o sales.

Por eso los alimentos ricos en potasio y magnesio van a prevenir los calambres, al asegurarnos que su aporte en la dieta es adecuado. Alimentos como son las verduras y hortalizas van a asegurarnos ese magnesio y potasio que necesitamos y la correcta hidratación antes, durante y después del deporte también ayudará.

Los frutos secos y legumbres son otro grupo de alimentos ricos en estos minerales y fáciles de introducir en la dieta. ¿A quién no le apetecen unas nueces después de entrenar, unas buenas lentejas en un día de invierno o alubias en la ensalada fría?

Los alimentos más problemáticos para introducir de manera frecuente en la dieta suelen ser las verduras y hortalizas, que, por el estilo de vida actual no suelen incorporarse a casi ninguna comida preparada o no los solemos meter nosotros en la dieta diaria. El mejor recurso para no olvidarse de ellas es meterse de lleno en el mundo de las ensaladas, donde hay miles de combinaciones para las verduras y hortalizas.

Pequeños gestos para dormir mejor

Junto con el entrenamiento y la alimentación, el descanso es otro pilar fundamental para nuestra salud. En el sueño es importante tanto la cantidad como la calidad, por eso hay que tener en cuenta una serie de factores que mejoraran las horas de descanso.

Lo primero es saber cuántas horas hay que dormir para descansar completamente. Hay muchas teorías, pero casi todas tienen un punto en común: de 7 a 8 horas diarias de sueño son las óptimas para conseguir el descanso en un adulto medio. Por eso acostarse 8 horas antes de que suene el despertador es la mejor manera de asegurarnos las horas de descanso, sin tener en cuenta el rato de lectura, escuchar la radio o mirar el ordenador.

Si nos cuesta conciliar el sueño es importante hacer una rutina relajante antes de ir a la cama: tomar un baño relajante, cepillarnos el pelo, leer un libro, escuchar música tranquila. Todo vale para irnos a la cama relajados y conciliar lo antes posible el sueño.

No entrenar justo antes de ir a la cama. Sobre todo si el entrenamiento es muy intenso. Una actividad física de baja intensidad ayudará a conciliar el sueño, pero cuando se haga unas 2 horas o más antes de irnos a la cama. Si ese día nos hemos machacado mucho, mejor que sea 4-5 horas antes de irnos a dormir, sino la fatiga dificultará el descanso.

Igual pasa con la comida, no es recomendable acabar de comer e irse a la cama inmediatamente. El estómago necesita sangre y si nos dormimos, todo el cuerpo se relajará y la digestión se hará más pesada. Por no hablar de las cenas pesadas, todo un incordio para coger el sueño. Lo ideal es comer de manera ligera 2-3 horas antes de irnos a la cama.

Y por último toca hablar de la cama y la almohada. Vale le pena invertir en una buena almohada y colchón para mejorar la calidad de nuestro descanso, al fin y al cabo esto se traduce en mejorar nuestra calidad de vida y esto no tiene precio.

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